Violencia familiar: impacto en la infancia y evidencia
Qué muestra la investigación sobre el impacto de la violencia familiar en la infancia, cómo interpretar sus datos y por qué no permite diagnosticar casos.

La investigación sobre violencia familiar e impacto en la infancia muestra asociaciones con dificultades emocionales, de conducta, salud, educación y relaciones sociales. Pero una asociación observada en un grupo no permite diagnosticar a una niña o un niño, ni significa que todas las personas expuestas vayan a presentar los mismos efectos.
Investigación analizada. Noemí Pereda Beltran, Alba Águila Otero y Laura Andreu Batalla, del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente de la Universidad de Barcelona, elaboraron El maltrato y la exposición a violencia familiar. UNICEF España publicó el informe el 23 de enero de 2025. La página de presentación y el documento se comprobaron el 24 de agosto de 2026.
Este artículo se centra en cómo interpretar la evidencia sobre el impacto. Para conocer los datos de prevalencia y el reconocimiento legal de hijas e hijos como víctimas, puedes consultar nuestro análisis sobre infancia y violencia de género.
Qué estudió realmente la investigación
El trabajo recogió respuestas de una muestra efectiva de 4.024 adolescentes de 14 a 17 años escolarizados en 70 centros distribuidos por España. Preguntó por experiencias durante el último año mediante una adaptación del Cuestionario de Victimización Juvenil.
El cuestionario diferenció dos grupos amplios:
- violencia dirigida hacia la persona adolescente por progenitores o figuras cuidadoras;
- exposición a violencia dentro del núcleo familiar, como violencia verbal o física entre progenitores o violencia física hacia otros familiares.
El 26 % de quienes participaron declaró alguna forma de violencia familiar directa o indirecta durante el último año. El 14,2 % informó de exposición a violencia familiar. Estas cifras describen las respuestas de adolescentes escolarizados dentro de la metodología del estudio; no son un registro de denuncias ni una evaluación clínica.
Qué no mide
La investigación no se limita a violencia de género de un hombre contra una mujer y tampoco identifica qué proporción corresponde a violencia vicaria. Sus porcentajes no deben convertirse en cifras de prevalencia de esos fenómenos concretos.
Tampoco permite extender automáticamente sus resultados a niñas y niños menores de 14 años, a adolescentes no escolarizados o a una persona concreta. La encuesta mide experiencias comunicadas por una población definida; no determina por sí sola el origen de una conducta, un síntoma o una dificultad individual.
Qué dice la evidencia sobre el impacto
El informe revisa investigaciones anteriores que han encontrado asociaciones entre la violencia en el entorno familiar y problemas que pueden aparecer de forma inmediata o a largo plazo. Entre los ámbitos señalados están:
- bienestar emocional y salud mental;
- conducta y relaciones con otras personas;
- salud física y respuesta al estrés;
- aprendizaje, asistencia y trayectoria educativa;
- consumo de alcohol u otras drogas durante la adolescencia;
- riesgo de sufrir varias formas de victimización a la vez.
La palabra clave es «asociación». Significa que dos fenómenos aparecen relacionados en la investigación; no autoriza a concluir desde un artículo que uno explica por completo al otro. El informe de UNICEF mide prevalencia de experiencias recientes y resume evidencia previa sobre consecuencias, pero no realiza un diagnóstico ni sigue la evolución clínica de cada participante.
Por qué no existe una reacción única
Dos niñas o niños expuestos a situaciones parecidas pueden reaccionar de manera diferente. En el impacto influyen, entre otros factores, la edad, la duración y frecuencia de la violencia, la relación con quien la ejerce, la coexistencia de otras formas de daño y la respuesta protectora que llega después.
También importan los factores de protección: contar con una persona adulta segura, recibir una respuesta temprana, mantener vínculos protectores, encontrar estabilidad en la escuela y acceder a atención profesional cuando se necesita.
Hablar de factores de protección no traslada la responsabilidad a la infancia ni minimiza la violencia. Ayuda a entender que sus efectos no son un destino inevitable y que la respuesta de las personas adultas y las instituciones puede reducir daños y favorecer la recuperación.
Cuatro reglas para no convertir evidencia en diagnóstico
1. Observar cambios no basta para explicar su causa
Dificultades de concentración, miedo, irritabilidad, aislamiento, cambios de sueño o bajada del rendimiento pueden merecer atención, pero no prueban por sí solos que exista violencia familiar. Son señales inespecíficas que deben ser valoradas dentro del contexto y por profesionales competentes.
2. La ausencia de una señal visible no descarta el daño
No todas las criaturas reaccionan de la misma manera ni lo hacen en el mismo momento. Algunas expresan malestar; otras intentan adaptarse sin mostrar cambios evidentes. Esperar un comportamiento único puede dejar sin escuchar experiencias importantes.
3. Escuchar no es interrogar
Una persona adulta puede ofrecer calma, disponibilidad y un espacio sin interrupciones. No debe presionar, sugerir respuestas ni hacer promesas que no pueda cumplir. Si una niña o un niño comunica una situación de violencia, corresponde activar los protocolos y recursos adecuados, no emprender una investigación informal.
4. La protección debe adaptarse a la persona
La LOPIVI exige individualizar las medidas, prevenir la victimización secundaria y coordinar a los agentes implicados. En situaciones de violencia de género en el ámbito familiar, su artículo 29 ordena contemplar conjuntamente la recuperación de la persona menor de edad y de la madre, ambas víctimas, sin borrar las necesidades específicas de cada una.
Qué respuesta propone el estudio
Las recomendaciones del informe no se reducen a atender cuando el daño ya se ha producido. Plantean:
- compromiso institucional y recursos para aplicar la LOPIVI;
- sensibilización y formación de profesionales;
- entornos seguros en la familia, la escuela, el deporte, el ocio y el tiempo libre;
- participación de niñas, niños y adolescentes e información adaptada sobre cómo pedir ayuda;
- servicios coordinados de respuesta, apoyo, recuperación y reparación.
Esta mirada sitúa la prevención y la detección temprana antes que la improvisación. También recuerda que la escuela, la atención sanitaria, los servicios sociales y otros espacios cotidianos no sustituyen sus funciones entre sí: deben saber reconocer sus límites y coordinarse.
De la cifra a la protección concreta
La investigación ayuda a dimensionar un problema que suele quedar oculto dentro del hogar. Su utilidad no está en colocar una etiqueta sobre cada criatura, sino en orientar políticas, formar a quienes están en contacto con la infancia y crear respuestas que escuchen sin culpabilizar.
Para comprender por qué la violencia de género afecta directamente a hijas e hijos, lee Hijas e hijos: víctimas directas de violencia de género. Si necesitas ordenar una situación y localizar ayuda oficial, consulta La salida existe: por dónde empezar.
Este contenido es divulgativo y no permite diagnosticar ni valorar un caso individual. No sustituye el asesoramiento jurídico, psicológico, sanitario o social profesional. Ante un peligro inmediato para una mujer, niña o niño, llama al 112.
